lunes, 11 de mayo de 2020

Protección solar - Fitzpatrick y los divergentes


El sol es una realidad inmutable. Regla número uno que aprendes cuando descubres que tienes alma de vampiro. Esto no se elige, advierto. No es una cuestión de kilos de iluminador, nosotros brillamos al sol al tiempo que nos achicharramos. Sí, lo de Crepúsculo es mentira, lo siento. El cine ha hecho mucho daño entre príncipes azules y señores de las tinieblas. 

La parte positiva de toda inconveniencia genética es el aprendizaje, tanto a nivel teórico: el sol está ahí, llueva, truene o sea invierno, como a nivel práctico: cómo elegir un protector solar y no morir en el intento descifrando números, filtros, texturas y creencias políticas. Pongo a vuestra disposición mis humildes conocimientos vampíricos para luchar contra la barbacoa luminosa que no solo os puede tostar más o menos, sino que puede hacer que ardáis en el infierno sin necesidad de juicio previo. 

LOS COLORES DEL ENEMIGO

Sí, sabemos que el enemigo es peligroso pero mis ojitos rojos, que han visto pasar centenares de años delante de ellos, son conscientes de que para vencer en la batalla hay que conocer a quién nos enfrentamos... Ya lo decía Sun Tzu: "Si conoces al enemigo y te conoces a ti mismo, no temas el resultado de cien batallas; si te conoces a ti mismo, pero no conoces al enemigo, por cada batalla ganada perderás otra; si no conoces al enemigo ni a ti mismo, perderás cada batalla". Efectivamente... era un poco pedante ¡pero nos ha dado tan buenos ratos!

Ajos, crucifijos y colores. Como sabemos que los primeros apestan y los segundos no decoran, vamos a los últimos. El sol (y no solo el sol) nos regala de forma continua diferentes tipos de luces y rayos:

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El espectro solar 

Los ULTRAVIOLETA. Dos tipos y muy peligrosos:

Los rayos UVB son los responsables del  bronceado y del rojo gamba. La capa de ozono actúa interceptándolos en su gran mayoría, pero su debilitamiento ha provocado un aumento en la proporción de rayos que llegan a la tierra. Su intensidad varía en función de la época del año.

La piel responde ante ellos mediante la acción de unas células (melanocitos) que se encuentran en la epidermis. Ellas forman unos pigmentos (melanina) que transfieren a otras células, los queratinocitos (que representan el 90% de las células existentes en la epidermis), para proteger su núcleo de la radiación solar. Este es el mecanismo por el que la piel se broncea.

Si la dosis de rayos UVB que la piel recibe es excesiva, se produce un enrojecimiento de la zona acompañada de una respuesta inflamatoria... lo que se conoce como chamuscamiento o quemadura solar.

La exposición prolongada al sol puede provocar que los mecanismos de reparación de la piel, que se encargan de eliminar los daños que esta origina, dejen de funcionar correctamente porque se agoten. Si este sistema de protección falla, el riesgo de la aparición de cáncer de piel se dispara.

Los rayos UVA son como una mala canción... nunca te abandona. Nos acompañan todo el año, llueva, nieve o simplemente esté nuboso. Son bastante menos escandalosos que los anteriores pero su mala "UVA" es superior. Su capacidad de penetración es mayor y nos regalan radicales libres, oxidación, envejecimiento cutáneo y todo lo que esto conlleva (arrugas, flacidez, sequedad, engrosamiento de la piel, etc). ¡Ah! Eso sí, son muy considerados y no producen quemaduras...

La LUZ VISIBLE o AZUL:

Representa el 40% del espectro solar pero su origen, además del sol, está en las pantallas y luces led que han colonizado nuestras vidas. Esas pantallas que mantenemos a menos de un metro de distancia de nuestro rostro y de las que recibimos de forma continua radiación.

A nivel práctico, la luz azul actúa sobre los melanocitos, sobreestimulándolos y provocando que estos repartan la melanina de forma anárquica, lo que se traduce en pigmentación irregular y manchas oscuras en la epidermis. Al contrario que lo que ocurre con la ultravioleta, aunque es un problema que afecta a todos los fototipos, es especialmente más acusado en pieles más morenas (fototipos IV-V). Además, su capacidad de penetración es mayor que la de los rayos UVB, llegando hasta la hipodermis.

Sus efectos son múltiples: enrojecimiento inmediato producido por vasodilatación, fotoenvejecimiento, desnaturalización de las fibras de colágeno y elastina y disminución de su actividad de síntesis, deshidratación e inmunosupresión de las células de Langerhans (células inmunitarias de la piel).

Los INFRARROJOS:

El mayor porcentaje de rayos que recibimos del sol (53%), corresponde a luz infrarroja. Tienen gran capacidad de penetración, pudiendo llegar incluso a la hipodermis. Son los responsables de la sensación de calor que produce el sol. La repercusión que tienen en nuestra piel es un despropósito de acciones encaminadas a que nuestros 1000 años de edad no pasen inadvertidos 🙄: daño oxidativo, degradación del colágeno y la elastina o lesiones en el ADN a nivel celular. Además, en pieles sensibles o aquejadas de patologías como la rosácea, el exceso de calor  provoca un empeoramiento de la zona afectada: inflamación, dilatación de los capilares sanguíneos, ardor, etc.


ANÁLISIS DAFO

Como en cualquier batalla, el paso previo al inicio de las hostilidades debe ser analizar fortalezas y debilidades, es decir, nuestra piel. Concretamente la resistencia que esta presenta a la exposición solar sin protección o lo que es lo mismo, cuánto tiempo podemos estar mirando al sol hasta que empecemos a adquirir un precioso color carmesí. Por suerte, el empirismo se puso de moda hace tiempo y no es necesario jugárnosla para descubrir qué fototipo (porque eso es lo que significa) tenemos:

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La escala de Fitzpatrick - Fototipos de piel

Llegados a este punto, hay dos opciones: o habéis encontrado sin dificultad vuestro fototipo, o sois divergentes y la clasificación no va con vosotros. Extrañamente soy de las segundas. Conclusión: Fitzpatrick, el señor que se inventó esto, tenía poco mundo.

Teniendo claro o no, cuál es nuestro fototipo, el paso siguiente es descifrar el significado intrínseco del número que acompaña al protector (el factor) y desterrar la idea de que un número más alto, protege más intensamente e impide, como consecuencia inseparable, el bronceado. Señores, el 15, el 20, el 30 y el 50 protegen IGUAL. El número, lo que en realidad indica, es un mayor o menos tiempo de protección. Es decir, un factor 50 protege durante más tiempo que un factor 15, pero no mejor. 

Sí, sí… escucho a vuestras mentes ávidas de conocimiento preguntar telepáticamente cómo saber el tiempo exacto (mentira) que un factor nos protege. Sencillo (con calculadora a mano), hay que multiplicar los minutos que por nuestro fototipo podemos exponernos al sol sin achicharrarnos, por el factor que utilicemos:

Mi fototipo es II, así que puedo estar entre 15-20 minutos sin arder (teóricamente), y suelo utilizar un factor 50. Para conocer el tiempo, multiplicaré 15 (minutos) por 50 (factor), con un resultado de 750 minutos (me siento como en el 1, 2, 3). Lógicamente, esta es una cifra orientativamente graciosa y parece un poco reñida con el sentido común. La lógica dice que repliquemos con frecuencia y más si nos dedicamos a putear al protector: nos mojamos, sudamos, nos tocamos la piel, etc. ¡Ah! Muy importante: la tacañería está reñida con la exposición solar. Nada de impregnar nuestra piel con una ínfima porción de protector, la cantidad recomendada vendría a ser como la capacidad de una cucharilla de café aproximadamente, para el rostro.


ELECCIÓN DEL ARMAMENTO: LOS FILTROS

No os voy a engañar, no es demasiado divertido, solo hay dos opciones válidas (escudo o transformación) y otra a medio camino, pero ninguna es perfecta:

Físicos → actúan reflejando la luz solar. Crean una pantalla blanca en nuestra piel que no permite que la luz incida. Su mayor pro es que no se absorben y el contra, que dejan la cara ligeramente pálida. Los más usados son el óxido de zinc y el dióxido de titanio. En el intento de eliminar ese efecto “cara papel”, se ha recurrido a reducir el tamaño de las partículas a nivel microscópico (nanopartículas) con el problema asociado de que, dadas sus dimensiones, sí son absorbidas por la piel y son extremadamente difíciles de controlar, pudiendo colarse en el torrente sanguíneo y en los tejidos, provocando alteraciones a nivel celular. Si queréis evitarlo, aseguraos de que en el inci aparecen como (no nano).

Químicos → funcionan transformando la radiación en calor. Su mayor ventaja es que, a nivel cosmético, son muy agradables de usar y no dejan residuo. Su contra es que la piel los absorbe y está demostrado que pueden provocar alergias, por lo que se desaconsejan en pieles sensibles. Además, numerosos estudios acusan a estos filtros de ser disyuntores endocrinos y de causar daño medioambiental. Los más usados: Octylcrylene, Octinoxate, Avobenzone, Oxybenzone y Octisalate.

Naturales → existen aceites vegetales que protegen a la piel de forma natural, como pueden ser: el aceite de coco, el aceite de aguacate, el de avellana, el de semillas de algodón, etc. Añadidos a una formulación, aportan un extra de protección y de nutrientes muy beneficiosos, incluso se pueden utilizar de forma previa a la utilización de un protector solar para que nuestra piel esté en mejores condiciones, pero la sabiduría vampírica no recomienda sustituir, un filtro de los anteriormente descritos, por uno de estos productos, a no ser que arder sea el objetivo.

Ante este panorama, la elección del protector solar no parece muy sencilla. Nos movemos en las aguas pantanosas del “elijamos por eliminación”. En mi opinión, el mejor filtro solar es el que se utiliza pero, más allá de eso, elijo un filtro físico, sin nanopartículas, que contenga ingredientes naturales. Palabra de vampiro.

Si en este punto piensas que eres un mero espectador cuyo papel se limita a bañarse en protector solar, te voy a convencer de lo contrario. ¿Cuántas veces has oído hablar de los antioxidantes? Son sustancias que contrarrestan la acción de unos desgraciados llamados “radicales libres”. Estos son liberados de forma natural por las células y son neutralizados por aquellos. Factores como la contaminación, una mala alimentación, consumo de alcohol o tabaco o el sol, desequilibran este balance y aumentan el número de radicales libres que, al no poder ser “controlados”, provocan daño a nivel celular. Una forma de protegernos contra el sol es alimentar a nuestra piel para que sea más resistente. El consumo habitual de frutas, verduras, pescados y frutos secos, contribuirá a frenar el daño que la radiación solar puede provocarnos.

Como vampiro, te recomendaría que vivieras de noche, pero puedes interpretar que mi humilde indicación quizá esté escondiendo el deseo de convertir las calles en una fuente de alimentación continua (nein). Podría dejar la radicalidad de lado (y de paso no joder la tranquilidad nocturna sobrepoblándola) y aconsejarte que evitaras tomar el sol pero, en el mundo tananoréxico en el que muchos nos encontramos, eso es cercano al sacrilegio así que, solo me queda pedirte que te cuides, porque la protección solar no es una moda o una cuestión de belleza, es una cuestión de salud.

¡Sed buen@s y hacedme caso!

Bibliografía:

1. Bagazgoitia, L. (2019) La luz azul de las pantallas y la piel. Blog de dermatología Dra. Bagazgoitia. Disponible en: <URL: https://dermatologia-bagazgoitia.com/2019/01/la-luz-azul-de-las-pantallas-y-la-piel-5039

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2 comentarios

  1. Que pereza el Sol, Vicky. Me quedo con lo de vivir de noche y con algún protector que hayas encontrado. Aunque ya me conquistaste el año pasado con el Salt&Stone. Creo que este año repito a no ser que me presentes algún amigo nuevo. Mordisquitos.

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    1. Estoy probando nuevos... nada maravilloso de momento pero tengo otro en camino! Tengo pendiente hablar aún del de Salt! 🤦🏻‍♀️🤦🏻‍♀️🤦🏻‍♀️

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